IBIZA Capítulo III

Capítulo III

Se abrió la pasarela para embarcar. Rápida y nerviosa, disimulando mi primera vez en barco, me dirigí hacia la entrada. Todo era irreal de tan nuevo.  Tantas emociones y peligros me ponían en alerta como un felino. Por dentro estaba hecha un flan.

Me busqué un asiento con la mirada y ahí estaban esas chicas de nuevo.  Hablaban sin parar.

– ¿Entonces vienen este año?…..

  • ¿Os importa? Pregunté señalando una butaca junto a las suyas.
  • No, no, siéntate  aquí.

Empezamos a hablar – ¿Entonces no conoces a nadie en Ibiza? ¿Y de dónde eres?- Yo seguía contestando a sus preguntas y oyendo sus comentarios.

Bueno – dijo una de ellas –  yo me llamo Cintia y ella es Jazmín.

  • Yo me llamo Inés, soy de Pinto.
  • ¡De Pinto!  – Dijo Cintia exclamando  sorprendida.

¿Por qué? –  pregunté ante su exclamación – ¿Lo conoces?

  • Sí,  de allí eran unos chicos muy majos que conocimos el año pasado en el camping de Valencia. ¡Qué coincidencia! Igual los conoces. – Empezó a darme nombres. Algunos sí me sonaban. Pero eran más mayores que yo. Eran moteros. Seguro que oí hablar de ellos por mi casa. Algunos me sonaban sí,  y eso les dije.
  • Nosotras vivimos en Valencia y vamos a hacer unas compritas en el mercado de Es ´Cana. Te puedes venir con nosotras. Te puedes coger una habitación o a lo mejor tienen una de tres. … – seguía pensando en alto Cintia.
  • No tengo dinero para la habitación. – contesté apesadumbrada.
  • Nosotras estamos hasta el jueves. Puedes quedarte con nosotras. – respondieron alegres.

Yo les conté mis peripecias para llegar hasta aquí.  Me escuchaban  y se reían.  A partir de ahí mi viaje dejó de ser en solitario. Mis nuevas amigas eran simpáticas. Nos levantamos y fuimos al bar-cafetería  del Ferri de la Transmediterránea,  me pagaron un café con leche  y un bocadillo.

  • ¿Salimos fuera? – pregunté.

Quería respirar el mar.  Miré al horizonte y aspiré profundamente. Llegó a mi cara un aire húmedo. Era maravilloso.  Yo no esperaba tener tanta suerte. Estaba ensimismada en mis emociones, cuando se quejaron del frío. Respiré  hondo.  Una lágrima resbalaba por mi cara.  Saqué la punta de la lengua y me la bebí, mientras tragaba el último trozo del bocadillo.  Tragué saliva tratando de  esconder mis lágrimas.  Me limpié con las manos. Volví con ellas  dentro entre risas.

A partir de entonces no viajaba sola.  Era irónico,  iba camuflada entre dos “niñas de papá”  que iban de compras a Ibiza. Ese pensamiento me dibujó una sonrisa en la cara. Y  me tranquilizaba. Iban a ayudarme. Iban a colarme en su habitación.

Pasaron las horas. Yo me asomé varias veces a los cristales para ver las luces a lo lejos.

Ya anochecía cuando entrábamos en el puerto. Estaba nerviosa y ansiosa por llegar y pisar tierra. Me puse el poncho de cuadros y me eché el macuto azul a la espalda. Salí a cubierta y pude ver una montaña presidida por una Muralla rodeando la ciudad  y todo ello  brillaba en el reflejo de un mar oscuro iluminando la noche. Y arriba, coronándolo todo,  un vigilante y majestuoso castillo. Se me escaparon dos lágrimas y guardé las gafas mientras pensaba, “tienes que estar contenta, todo está bien”. Bajábamos juntas la pasarela. Una línea amarilla señalaba el borde del puerto al final del puente. Recuerdo el sonido del mar bajo mis pies susurrante. Me acurruqué y esperé a que ellas estuvieran a mi lado.  Llegamos a Tierra con sonrisas en la cara. Celebrando la llegada, caminábamos distraídas. Dirigíamos nuestros pasos al edificio de salida.  De repente, una furgoneta de la Policía Nacional  paró a nuestro lado antes de que llegáramos. Se bajaron dos policías nacionales. Se acercaban a nosotras. Me puse a temblar. Ellas tenían 18 años o más,  pero yo… Me dio tiempo a temer que esto era el final de mi aventura. “Hasta aquí hemos llegado”.  Ya estaba pensando en las consecuencias. Aún me quedaban dos años para ser mayor de edad.

Cintia  me había susurrado – no digas nada, tú déjame a mí.

Nos hicieron subir al furgón y nos llevaron a la comisaria del puerto.

Y sentadita como una niña buena, solo dije sí, sí, sí y no, no, no.

_ ¿Sois de Ciudad Real? – Preguntaron.

¡Nooo!  – Dijimos a la vez las tres.

_Es que se han escapado tres niñas – dijo el policía – y como sois tres.

Cintia cogió las riendas de la conversación con mucha seguridad  y empezó a explicarle al policía.

Nosotras venimos a pasar  unos días para hacer unas compras, también les dijo que sus padres eran amigos de los míos, que me conocían del año pasado del camping tal y tal. Hablaba como la hermana mayor de todas y se le notaba muy responsable. Les explicó que íbamos a “la Marina” donde  teníamos reserva y volveríamos el jueves a Valencia. Cuando terminó de dar sus explicaciones acabó  diciendo que si no la creían que llamaran a sus padres, que yo estaba autorizada por los míos. “¿Cómo si no iba a viajar siendo menor? ¿A qué no? Señor policía”.

Al policía le debió parecer bien, no éramos las chicas que buscaban y salimos de allí a los pocos minutos,  después de devolvernos  el DNI.

 ¡Qué casualidad! Que nervios pasé. ¡Qué bien! ¡Nos íbamos! Caminaba bajo una nube de temblores. Primero en silencio y muy serias, pero cuando salimos del puerto volvimos a reír y a hablar todas a la vez.

Yo solo decía una y otra vez ¡de la que me he librado! Casi no me lo creía.

“Si ya me han parado una vez, ya saben que estoy aquí. Y no me detienen…” – pensaba… –  “Eso es que no hay denuncia”.

Me tranquilicé mucho.  Empecé a ver la parte positiva de las peores experiencias.  Y también pensé  que las podría  tener más tarde. Caminábamos ya cerca de la Pensión. Me quedé fuera, en la puerta. Ellas entraron y cogieron la llave. Después  me avisaron desde la escalera. Subí rápidamente y cerraron  la puerta tras de mí. Nos salió bien, no hubo sobresaltos.

Aquella noche dormimos las tres en dos camas.  Decidieron que se podrían apañar para colarme en vez de pagar por una persona más. Yo tuve que entrar cuando todos dormían durante los siguientes días. Pero no me importaba, por fin pude ducharme y desenredar mi pelo. Puse en orden  mi macuto, nos enseñamos la ropa y nos intercambiamos algunas cosas.  A  Jazmín le cambié mi vestido “hippie” del rastro de Madrid,  por un jersey muy bonito y mejor para el clima de enero.

Estuvimos mucho rato hablando, luego nos repartimos el sitio en la cama y me quedé dormida enseguida. Nada me despertó, excepto el hambre. Nos fuimos a desayunar las tres. Y así conocí el bar Mariano en  la calle Mayor. Paralela a la calle de La Virgen.  Y así,  desde ahí, todas sus  calles, estrechas y empinadas  que parecen incrustadas en las rocas se reparten la montaña internándonos hacia el barrio de “Dalt Vila”,  la  “Ciudadela”. 

El bar Mariano se convirtió en mi sitio habitual. El bocadillo costaba 50 ptas. Y el café 15.

Además, era uno de los pocos que  quedaba abierto en invierno.  Se estaba caliente. Allí se reunían  un montón de personajes. Gente entrando y saliendo. Otras apoyadas en la barra de acero inoxidable con un vaso de café con leche caliente delante y un bocadillo de tortilla española en la mano. Había mesas también, pero siempre estaban llenas.

Me fueron sonando las caras, eran las mismas personas casi todos los días y siempre había alguien pidiendo un “pavo” para tomar algo.  Pude conocer mucha gente en ese bar. Gente que vivía en invierno y tenían vidas distintas a las que yo conocía.  Vivían disfrutando de la naturaleza.  Bajando poco a la ciudad excepto a comprar lo que no cultivaban o hacían por sus propios medios. Gente generosa. Gente libre.

Lo convertí en  mi sitio habitual cuando no estaba paseando por el paseo marítimo. O en el final de la calle de la Virgen, en las rocas oyendo las olas y  disfrutando otra puesta de sol preciosa.

Luego exploré toda la montaña. Había unas cuevas a la derecha del castillo, allí pasamos alguna tarde, hacíamos fuego y nos relajábamos mirando al horizonte.

La mañana que se iban las valencianas aparecieron por “el Mariano” Eva y Sache.

_¿Me dejáis  algo para un café?

 Eva me dijo: Si, claro ¿de dónde eres?

_¿De Madrid?  Nosotros también.

_¿De qué pueblo? No, no lo conozco. ¿Y qué haces aquí? ¿Dónde vives? – Y así poco a poco volvía a contar mi aventura de nuevo.

Eva  mirando a su hermano  que me escuchaba, dijo “que se venga  a casa, ¿no?” – Noté un tono maternal en esa pregunta.

_¿Tenéis sitio? ¿Puedo? – Me brillaba en la cara una sonrisa de oreja a oreja.

_Sí, dijo Sache. Tendrás que dormir en el salón.

¡No importa!  Aún arrastraba mi macuto al hombro. Estaba salvada otra vez. Cogimos mesa en  “el Mariano” y seguimos hablando. Tenía muchas preguntas. Quería encontrar trabajo pronto. Eva y Sacha eran hermanos llevaban dos temporadas viviendo allí. Eran de madre alemana por lo que hablaban alemán perfectamente. Sache era recepcionista en un hotel en Figueretas.  Eva, cuando estaba en Madrid,  vendía en el Rastro sus cuadros. Sus dibujos hechos con pluma evocaban princesas y castillos rodeados de inmensos bosques  donde Eva representaba minuciosamente  con líneas y más líneas, puntos y círculos que formaban una idea de la naturaleza donde las frutas eran ojos y las hojas eran figuritas geométricas que colgaban de una rama. Una idea de la naturaleza tan irreal y tan mágica como insospechada.

¡Qué bonitos los  vestidos de las princesas llenos de detalles y ornamentos! ¡Qué de lugares, caminos y castillos! ¡Cuántas historias detrás por imaginarse!  Historias oníricas como la vida que estaba llevando yo en Ibiza.    

Me contaron que  todavía era pronto, aún faltaban dos meses para que en Ibiza se empezara  a mover el turismo. En primavera la calle de La Virgen se llena de mesas con todo tipo de artesanía. Con vendedores de muchos puntos del mundo. Los bares del puerto empezaban a abrir por la noche y la ciudad ganaba vida. Las discotecas empiezan la temporada.

Yo tenía que encontrar algo para empezar a tener autonomía. De momento me estaba manteniendo de lo que compraban Eva y Sache en la casa. Yo, a cambio, ayudaba en las tareas de limpieza. Me quedé con ellos a vivir. Nos llevábamos muy bien.

La casa estaba a 4 Km. de Ibiza.  Por la terraza se veía la carretera de santa Eulalia. Enfrente había un bar. Allí comprábamos bocadillos de queso muy baratos. Sache tenía una destartalada vespa blanca que aparcaba en la puerta.

Si bajaba a Ibiza  a veces tenía  que subir a dedo… Pronto vinieron amigos a visitarles desde Madrid. Carmen y Rafa desde Madrid, venían desde allí en Vespa qué se trajeron  en el barco desde Valencia.  Rafa me hizo la primera carta astral. Y fue la puerta a un mundo que no conocía y me aficioné a la astrología, ahora soy yo la que hace cartas astrales.

Eva seguía pintando, la mesa grande era su estudio, menos cuando había que comer.

Oíamos a Leonard Cohen y los clásicos del rock Pink Floyd, Deep Purple… Tenían un magnetofón de 8 pistas, con la cinta a la vista.  La casa estaba amueblada con un aparador de estilo provenzal con sus cuatro cajones y sus cuatro puertas. Frente a la puerta del salón,  el cuarto de baño. La cocina enfrente de la habitación de Sache. Esta habitación tenía muy mala orientación,  hacía la fachada que cuando llovía y hacía viento se empapaba como una esponja.  De hecho, una gran mancha redonda de humedad decoraba la pared.

 Eva y yo dormíamos en el salón. En la cocina, una terracita pequeña,  que daba el sol toda la mañana. A mí me gustaba salir al amanecer, y  ver cómo el sol le arrancaba la oscuridad a la noche. Asomar la cabeza por la ventana y respirar todos esos aromas que se guisan en la tierra al calor del día.  Quedarme quietita al sol. Y como un gatito dejarme calentar con su luz. Absorber su energía.

Uno de esos días alguien me habló de un artesano que daba trabajo pintando casitas de escayola, que luego se vendían en las tiendas y los puestos de la calle. Eran casitas ibicencas de diferentes tamaños y modelos.  Me dio trabajo.  El Artesano era un chileno que preparaba el material en su “tallersito”. Me pasaba todo el día en el taller del chileno, era un personaje difícil de olvidar. No como su nombre, que no recuerdo en absoluto, sino por su aspecto. No era alto, era largo y famélico. Tenía un ojo cerrado siempre. Su cara era rojiza y se alargaba en sintonía con su cuerpo. Se ataba en una coleta una mata de pelo negro y brillante, que le llegaba a la mitad de su huesuda espalda. Y por si esto no lo distinguía bastante, además el buen hombre, cojeaba del lado del ojo bueno. Parecía un pirata. Me ganaba 2 “duros” por cada casita pintada con pincel y a mano alzada. Me pasaba desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, parando un ratito para comer un bocata.  Era una ruina.

Seguí  bajando Al Mariano, conocí a Ana Luisa, una chica simpática y mayor que yo, era de Zaragoza,  dónde trabajaba en una tienda de discos, cuando se le acabó el contrato, se vino de interna a la casa de un médico, cuidando sus niños y limpiando. Tenía una habitación a la entrada de la casa, cerca del despacho y consulta del ginecólogo.  El día que nos conocimos me fui a dormir a su habitación para seguir hablando.  Nos vimos más veces,  se vino conmigo a casa de Sache y Eva.  El círculo de amigos se iba haciendo más grande. Ella nos presento al vasco Manel y sus hermanos. Recuerdo nuestros  vecinos  del primero eran una pareja gay de argentinos.  Tampoco puedo olvidarme de María y su hijo Arco Iris. Gorka y sus amigos los alemanes. Nos presentó a un escritor que nos invitó a probar la mermelada de “Hachís” que hacia su mujer,  fuimos a  su casa de Portinax a comer varios días.  Guido y su barco.

También encontré más lugares desde donde ver los atardeceres sobre el mar. Y su cielo azul, ahora morado, ahora rosa, naranja, hasta quedar un hilo brillante que desaparece comido por las sombras. Hicimos excursiones por el campo disfrutando de los parajes y acantilados, Es Vedrá, Atlantis, recorrer la carretera  hacía Es Canar por la carretera  de  Sta. Eulalia, y seguir  hacía Portinax, disfrutando de las vistas de los almendros en flor adornando los lados de la carretera. 

Hubo tantos días y fueron tantas las veces que recorrí sus carreteras para descubrir lugares donde ver las puestas de sol.

Y locales donde escuché  la mejor música,  “la Finca”,  el Rainwow”  dónde aprendí a jugar al Back gamón, y luego me quedaba dormida, hasta que un día no me dejaron entrar. En la puerta de La Finca conocí a Javier Bergía. Impresionante compositor y guitarrista, fui hace poco a su concierto en Madrid.

Viví muchas cosas.  Recuerdo una que me asustó.

Habían terminado de cenar, Sacha esa noche libraba. Eva, en la mesa de madera, componía un paisaje relajante. Un bote de tinta. Dos velas a la izquierda. Una carpeta grande verde con cintitas negras que protegían su interior con algo de severidad. Y su mano inquieta con trazos cortos y rítmicos dando magia a los tacos de folios inmaculadamente blancos. Se oía Leonard Cohen  y bajo el fondo de música el viento silbaba en las contraventanas de madera.

Había empezado a llover. Llamaron a la puerta. Era más de medianoche. Nos miramos y miramos la puerta. “¿Quién sería?”

Volvieron a llamar y más deprisa, no más fuerte, pero sí con insistencia.

Sache abrió. Era Gorka, le conocíamos a través de otras personas. Y venía con un amigo al que no conocíamos. Estaban nerviosos y mojados. Entró como siempre con ademanes de ponerse cómodo. Dijo “éste es un colega, se llama “Najas”. Como no nos movimos, Gorka se quedó de pie cerca de la puerta.  Sache se apoyó en la mesa con un brazo y puso el otro en “jarras”.  Cruzó los pies, de forma que apoyando uno sobre el otro, ocupaba más espacio para vetar la entrada. Era una postura que expresaba tensión. 

Aquí no os podéis quedar – dijo firme.

_ ¿Qué pasa? – Se dio cuenta de que la visita no era casual. 

_Tío voy a pasar al baño ¿vale? que venimos desde el centro… – y se fue al cuarto de baño y Sache se fue detrás de él. Le oíamos hablar. Salió y entonces miró al “Najas” se estaba quitando la chaqueta mientras decía:

_Me voy a quitar esto que estoy “empapao”. ¿Y vosotros de dónde sois? – Dijo intentando entablar conversación. – Yo de Madrid. – Y como el que saca el tabaco  y el mechero,  estaba sacando una pistola de su cintura, que puso sobre la mesa y  así se quedó, sin quitarle la mano de encima hasta ver nuestras caras, entonces dijo:

_Tranquilos, tranquilos, no está cargada – levantando las manos y sin moverse del marco de la puerta. Donde se había quedado esperando.

_Es que me estaba molestando aquí ¡jejejeje!! – dijo señalándose la hebilla del cinturón y más abajo.

Eva  seguía con la mirada puesta en el revólver y yo estaban mirando cómo el paisaje en la mesa grande había cambiado de repente.  Desordenando absolutamente  el momento y  nuestras mentes. Yo miraba la pistola (era la primera vez que veía una), era negra y brillante, tenía que pesar, por el ruido que hizo al soltarla. Miré a Sache que seguía tenso y de pie moviendo la cabeza. Decía que no. No. Con los brazos en” jarras”.  Estaba muy nervioso.

_No Gorka, no. Aquí no. Aquí no quiero armas. Te vas Gorka os vais. ¡Os vais de aquí ya! ¡Qué os larguéis! ¡Largaros ya!

Gorka no puso objeción y dijo: ¡venga vámonos! – Gorka salió el primero y encendió la luz de la escalera.

Se fueron. Sache cerró la puerta y se quedó callado y pensativo, rascándose los rizos  rubios y apretándose la barbilla.

Nos estábamos mirando Eva y yo esperando a que dejara de dar paseítos y nos contase algo de lo que habían hablado. Empezó a decir,  “aquí que no venga con gente. Mañana se lo aclaro.  Y se acabó “. Estábamos comentando la mala pinta que tenía el que iba con él. 

Todavía estaba encendida la luz de la escalera y oímos unas motos. Pensamos que eran ellos que se iban. Cuando suena el timbre. Sache pensando que volvían abrió bruscamente la puerta y se quedó congelado como una imagen.

Allí estaba la Guardia Civil.

_Buenas noches –  dijeron.

Eva  y yo nos miramos con los ojos muy abiertos. Era increíble. Allí estaba la Guardia Civil.

_“Buenas noches” – dijo Sache sin aliento.

Lo que menos se esperaba al abrir era encontrarse allí a la Benemérita.

Dijeron que estaban buscando a dos hombres y les había parecido haberles visto subir.

_NO, NO, aquí no están.

Yo no escuché ya nada más de la conversación. El pánico tiene el poder de aislarte de la realidad y allí estuve en pánico durante el tiempo que duró la visita. Era incapaz de escuchar. Solo oía mi corazón cabalgando. Era como si estuviese dentro de una burbuja de espuma. Atrapada sin poder mover un músculo.

 Sache cerró la puerta. Se fueron.

Volví a respirar e inhalé profundamente. Oímos alejarse el motor. Y entonces empezamos todos a hablar a la vez.  Sache decía tacos.  Todos haciendo preguntas que nadie respondía.

Después Sache se puso muy serio y mirándome, dijo: “y menos mal que a ti no te han pedido el carnet, que si no…”

Estaba preocupado por la responsabilidad que tenía ante la ley al alojar a una menor en casa.

Me entristeció mucho, pero lo entendía. Es normal. Estoy en su casa.  Suspiré tristemente.

Ahora podía tener problemas por mi culpa, encima de que me estaban ayudando.

Me fui a la cama pensando en una solución.

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